16 DE JUNIO DE 1955: BOMBARDEO A PLAZA DE MAYO

Aviones de la Marina y de la Fuerza Aérea, con la complicidad de sectores políticos y eclesiásticos, llevaron adelante uno de los hechos más nefastos de nuestra historia: el bombardeo y ametrallamiento de civiles en una plaza abierta y sin declaración previa. Plaza de Mayo, Casa de Gobierno y otros puntos del centro de la ciudad de Buenos Aires fueron los objetivos del ataque que tenía como finalidad asesinar al presidente Perón.

El historiador Salvador Ferla, en su libro “Mártires y Vedugos”, traza una dramática y dolorosa postal de esa fecha: “El día había amanecido lluvioso; la temperatura no superaba los 4 grados y la rutina de la ciudad era la normal. A las 12.40 se arrojaron 10 toneladas de bombas que provocaron más de 300 muertos entre mujeres, trabajadores y niños. Muchos más de 50 fueron reconocidos en las morgues por sus delantales blancos. Entre quienes allí cayeron había peronistas, antiperonistas, católicos, creyentes de todo credo, ateos, todos argentinos asesinados en nombre de Cristo, de la libertad y de la democracia”. Había sido una masacre cuidadosamente organizada por diversos sectores políticos, económicos y eclesiásticos de la Argentina y que, incluso, contó con la complicidad del presidente del Uruguay Batlle Berres, ya que el destino final de los aviones terroristas sería el territorio del país hermano.

El objetivo de la operación era provocar la caída del Gobierno peronista, detener la revolución en marcha y asesinar al presidente Juan Domingo Perón. Sin embargo nada de eso ocurrió en esa jornada, la acción golpista tendría efecto meses más tarde, pero la crueldad y el desprecio por la vida hicieron gala ese día, anticipando los años oscuros que se avecinaban en el país. Uno de los pilotos golpistas, Guillermo Palacios, derramó 800 litros de combustible, usando el tanque auxiliar de su avión para rociar a las personas heridas y los autos incendiados de la Casa de Gobierno. Nadie se lo había ordenado. Años después, declaró que fue “una demostración del odio”.


En 2009, una investigación del Archivo Nacional de la Memoria (ANM) determinó que el bombardeo a Plaza de Mayo y otros puntos del poder peronista, como la sede de la Confederación General del Trabajo (CGT), dejó 308 muertos. Pero el documento advirtió que a esa cifra debía sumarse “un número incierto de víctimas cuyos cadáveres no lograron identificarse, como consecuencia de las mutilaciones y carbonización causadas por las deflagraciones”. Los historiadores elevan a 364 los muertos, además de casi 800 heridos. Sólo 12 de las víctimas estaban dentro de la Casa Rosada, donde impactaron 29 bombas. “El resto de las bombas, proyectiles y fusiles semiautomáticos FN de fabricación belga que los infantes de Marina estrenaron ese día, estuvieron dirigidos a la población”, señala el informe del ANM.

Ese 16 de junio de 1955, un comunicado oficial anunciaba un acto en homenaje a Perón que debía incluir el sobrevuelo de “aviones Gloster Meteor de las unidades caza–interceptoras de la Fuerza Aérea Argentina” sobre la Catedral, ubicada frente a la Plaza de Mayo y en diagonal con la Casa Rosada. Pero a las 12.40 apareció en el cielo del centro de Buenos Aires un avión Beechcraft, el primero de los 34 que participaron en el bombardeó que se extendió durante casi seis horas.

Las dos primeras bombas de 100 kilos cayeron sobre la sede del Gobierno y el ministerio de Hacienda, ubicado enfrente. La tercera explotó sobre un trolebús cargado de pasajeros. Todos murieron en el impacto.

Los golpistas se dirigieron entonces a la sede de la CGT, el departamento de Policía y la residencia oficial de Perón, en Palermo. Hacia las cuatro de la tarde volvieron con más bombas y fuego de metralla sobre la Casa Rosada. El golpe no tuvo éxito en su objetivo de matar a Perón. Alertado por las fuerzas leales se había refugiado en el ministerio de Guerra, a 200 metros del lugar. Y si no hubo una masacre aún peor fue por la determinación de Perón de considerar al golpe una cuestión a resolver “entre soldados”.

Advertido de que los sindicatos se estaban reuniendo en la CGT para marchar hacia el centro, dio la orden de replegarse. “Usted vuelve a la CGT y comunica, de parte del presidente de la Nación, que a la Plaza de Mayo no debe concurrir ni un solo hombre. Si estos asesinos, para matarlo a Perón, están bombardeando impunemente la ciudad, no les va a temblar la mano para hacerlo sobre un montón de obreros. Éste es un enfrentamiento entre soldados y, si caemos, caeremos entre soldados”, le dijo Perón a un mensajero.

El Golpe fue dominado y los cabecillas huyeron hacia Montevideo en los mismos aviones con que habían bombardeado Buenos Aires. Tres meses después de la masacre alcanzaron el éxito y la mayoría de los protagonistas de junio ocupó cargos importantes en el nuevo Gobierno. Nunca hubo detenidos ni condenados por los muertos. El saldo político del bombardeo sólo puede medirse en décadas. La escalada de violencia antiperonista duró casi 30 años, con su punto más álgido en marzo de 1976, cuando la Fuerzas Armadas derrocaron a Isabel, viuda de Perón. La masacre de Plaza de Mayo es historia, pero la disputa que le dio origen aún figura en el ADN de la política argentina.

Informe del archivo nacional de la memoria: http://www.jus.gob.ar/media/2907564/bombardeo_16_de_junio_de_1955_ed._revisada-_digital__2_.pdf

Video biblioteca nacional

https://youtu.be/nF1XDhWXXO4

La Biblioteca Nacional realizó un video que ilustra los sucesos de esa fecha con imágenes del Noticiario Panamericano pertenecientes a su acervo.