22 DE ENERO DE 1944: PERÓN Y EVITA SE VEN POR PRIMERA VEZ

En el verano de 1944 un terremoto sacudió la ciudad de San Juan. Fue la peor catástrofe de la historia argentina. La población, profundamente conmovida se movilizó. Se realizaron colectas y campañas de solidaridad y fue en una de ellas donde Perón y Evita se encontraron para siempre.

Casi a las nueve de la noche del 15 de enero de 1944 San Juan –y el país– sufrieron la tragedia natural más grande de la historia argentina. Un terremoto de 7,4 grados en la escala Richter destruyó la ciudad, dejando como resultado 100 mil personas sin techo, 10 mil muertas, más de mil niños huérfanos y todo lo material hecho escombros.

Para el presidente de la Nación por entonces, Pedro Pablo Ramírez, fue un castigo divino. “Es la prueba que el todopoderoso nos envía como reparación de pasados errores”, dijo el titular del Ejecutivo nacional. Sin embargo, Perón, que integraba el Grupo de Oficiales Unidos que había tomado el poder en junio de 1943, optó por un camino más práctico y terrenal: exigió manos a la obra. Pidió llevar los auxilios necesarios y proceder a la inmediata reconstrucción de la provincia.

La población de todo el país, profundamente conmovida por la tragedia, se movilizó en ayuda. Se realizaron colectas y campañas de solidaridad. En ese sentido, el 22 de enero de 1944, con impulso del Gobierno y con la activa participación del coronel Juan Domingo Perón, se llevó a cabo un gran festival organizado por la comunidad artística, en el Luna Park. Ese día, el coronel Perón y Eva Duarte, se conocieron. Juntos cambiarían para siempre a la Argentina.

El encuentro oficial, que marcó para siempre sus vidas, se produjo la noche del 22 de enero. Sin embargo, el testimonio que, según Enrique Pavón Pereyra, le transmitió el propio Perón sobre aquel encuentro, ubica el primer contacto de Perón y Evita, en la tarde de ese mismo día, durante una reunión organizativa.



A continuación reproducimos ese relato

Fuente: Enrique Pavón Pereyra, Vida íntima de Perón. La historia privada según su biógrafo personal, Buenos Aires, Planeta, 2011, págs. 79-82.

La convocatoria (de la Secretaría de Trabajo y Previsión para ayudar a las víctimas del terremoto de San Juan) acudieron un centenar de artistas. Se sentaron en semicírculo y esperaron que les dijera qué se esperaba de ellos. (…)

Propiciaremos –les dije- una gran colecta pública, con participación de quienes han sabido ganarse las simpatías populares. (…)

No bien expuse la breve opinión de las autoridades, dejando en claro la preocupación que trasuntaba, pensé en dar al evento un cauce popular; ahí mismo surgió, pidiendo la palabra, una mujer de gran belleza, que reclamaba ser oída: “¿Señor coronel, ha terminado de hablarnos? ¿Le permitiría opinar a esta actriz de radio?” Parecía haberse tomado el tiempo suficiente para observarnos, quizás había medido bien sus posibilidades de colaborar y entendió que éste era su momento. Hasta ese instante yo no la había distinguido, ya que no tuve tiempo de hacerlo. La invité a compartir nuestro estrado y desde allí ella concretó su idea: “¿No les parece que la cuestión primordial es saber qué puertas y en qué lugar hemos de golpear? Adelanto mi parecer: el dinero habrá que buscarlo entre quienes lo tienen”.

Repasé su figura. Se trataba de una actriz de radioteatro, que se asomaba apenas en un medio muy salvaje, muy competitivo.

Enseguida se acomodó en el centro de la reunión y comenzó su monólogo, mientras giraba en torno de sí, para facilitar que se la observara desde todos los ángulos. Llevaba un vestido muy sencillo, era muy delgada; lucía el pelo rubio y largo y un sombrero diminuto, como se usaba en la época.

Con rapidez puso en orden sus propuestas: “Nada de festivales. ¿Qué es esto? ¿Un carnaval? Iremos directamente a pedir sin ofrecer nada. En este momento, no hay tiempo para organizar un espectáculo, un té, o una canasta. Cosas viejas que no sirven para otra cosa que para justificar la hipocresía. Nosotros vamos a patear la calle. Salgamos a pedir a los lugares públicos, pero también vayamos al hipódromo, al Jockey Club, a la Bolsa, a las Cámaras de Comercio, de la Industria, a los bancos… En esos ambientes diremos a la gente: “Nuestros hermanos están en desgracia, ¡vamos a ayudarlos!”.

Me gustó la forma de obrar y de pensar de esa mujer sensible. Era práctica y traía ideas nuevas. “Bueno, ya que la idea partió de usted, asuma la responsabilidad de darle forma”, le dije. Ese día, Eva Duarte, la que resultaría ser una mujer inconmensurable, me respondió: “Es lo que pienso hacer, ¡organizarlo todo!” Y me advirtió: “Eso, si usted me lo permite. Si, como afirma, la causa del Pueblo es su propia causa, por lejos que vaya, por grande que pueda ser el sacrificio, no dejaré de estar a su lado”.

Increíblemente, una circunstancia tan desgraciada para nuestra patria, apuró para que nos sucediera el hecho más significativo y de más honda huella de mi vida sentimental.

Esa misma noche le confirmé que el festival, tan discutido por ella en la reunión de la tarde, finalmente se haría en el Luna Park. El objetivo era interesar a la mayor cantidad de gente en el tema y el espectáculo constituía el recurso más idóneo y más rápido: “Después de todo –le dije- el festival benéfico es casi una tradición en la Argentina; la importancia de esa convocatoria no reside en los medios, sino en los fines que la inspiran”. (…)

Me parece que Hugo del Carril se disponía a cantar cuando advertí que alguien se sentaba a mi lado. Miré y descubrí su sonrisa y los ojos más radiantes del mundo. Eva había llegado y, desde ese día, no se apartaría jamás de mi lado.

Más tarde, ella me confió que no había llegado tarde, sino que como también quería verme y deseaba aprovechar el evento, se puso de acuerdo con Rita Molina, que era quien tenía las entradas. No le fue fácil lograrlo, porque el público había respondido hasta colmar las instalaciones del Luna. “Yo divisé desde lejos –me dijo- la sonrisa canchera de Homero Manzi y le grité: ‘¡Mirá, Homero! Aquí nos están tocando el culo, ¡hacénos pasar que tenemos entradas! Manzi nos vio con nuestros boletos en la mano y disimuló que, en realidad, correspondían a la fila quince. Claro, si no hubiera sido por la espontánea gentileza de Roberto Galán, nos habría sido imposible acceder al patio de butacas. Roberto, aprovechando que Farrell iniciaba su propósito de atender otro compromiso, me indicó que el asiento vacío me correspondía”.

(Extracto publicado en elhistoriador.com.ar)